La ola no viene cargada por la gamificación, en sí, sino que se trata de algo más general: del entretenimiento. El entretenimiento lo impregna todo en nuestros días. Hasta el punto que me permitirá el profesor Castells que remate su concepto de la sociedad de la información con el estrambote de la sociedad del entretenimiento. Me explico. Aunque es cierto que en nuestra sociedad la información se convertirá en el recurso básico en las relaciones y los negocios (algo que ya empezó con la revolución de las audiencias contra los oligopolios informativos y que seguirá con la gestión de las informaciones personales de manera explícita o tácita con el big data corporativo en la red), el entretenimiento ya ha empapado cualquier iniciativa que quiera tener éxito.

El entretenimiento se ha convertido en la moneda más corriente con la que pagamos nuestro tiempo. Nuestro tiempo, el de nuestras vidas personales o profesionales, es cada vez el bien más escaso. Intentamos gestionarlo como el activo que es y sólo lo brindamos si lo que nos proponen nos obliga a entregarlo, nos arrebata, nos interesa, nos seduce. Y en esa operación el entretenimiento se ha convertido en algo fundamental. El entretenimiento es lo que permite que entreguemos nuestro tiempo para atender a alguien que nos quiere decir algo. Sin entretenimiento somos reacios a perder ni un solo segundo en escuchar un mensaje que sabemos interesado.

En el ámbito de los recursos humanos empieza a convertirse, poco a poco, en un estándar. En el de la formación, cada vez tiene más peso. Y así será hasta alcanzar la mayoría de cursos que se impartan a adultos en los próximos años. Y resulta comprensible, los mismos adultos que dedican una media de 243 minutos a ver la televisión cada día, 88 minutos a escuchar la radio y 50 minutos a jugar con los videojuegos son los que se enfrentan a la formación en el puesto de trabajo. Y mucha de estar formación tiene tasas de abandono descomunales simplemente porque la formación que se imparte es tremendamente aburrida.
Los programadores de cursos tiene que saber una cosa: los tipos de consumo de los adultos no van a cambiar. En apreciar esta realidad radica la clave del éxito. Lo que tendrá que cambiar es la manera de programar los cursos. Porque de otro modo, esos adultos que trabajan y que se forman con cursos online seguirán mostrando un desapego desde el inicio por esos programas cuyos administradores han diseñado sin pensar en los estudiantes. Esos programas insufribles que nos tratan como si la máxima “la letra con sangre entra” aún se mantuviera de pie.

Pero antes de entrar en harina y de hablar de los estudiantes como audiencias, me dispongo a enmarcar esto que le he contado de la sociedad del entretenimiento con algún ejemplo inobjetable.

Tal vez el más evidente de los ejemplos que muestran la incidencia del entretenimiento en cuestiones de importancia sea el de la elección del presidente de Estados Unidos. Pocas cosas más serias que esa se me ocurren. Tanto por lo que representa como por las consecuencias que tiene. Pues bien, la elección del presidente de Estados Unidos tiene como motor el entretenimiento. Entretener a millones de ciudadanos con los asuntos de la política para que los entiendan mejor y para que voten en consecuencia. Más allá del largo proceso de primarias que permite que cada candidato tenga múltiples funciones teatrales con las que presentarse a su público, el “rush” final a la presidencia se decide en tres debates entre los candidatos del partido demócrata y del partido republicano surgidos de las primarias.

Estos tres debates son televisados en hora de máxima audiencia para que las palabras de los políticos puedan llegar al máximo público posible. Pero los estadounidenses saben que con eso no es suficiente (aquí en cambio nos conformamos con la formalidad del debate único y envarado que genere los menos estragos posibles en la imagen que de cada candidato tenga la población). Para decirlo de un modo rápido: en Estados Unidos piensan los debates teniendo como centro al público y aquí los piensan los cerebros de campaña teniendo como centro al candidato. Y así nos va.

Mientras tanto, como decía, los estadounidenses saben que programando tres debates en horas de máxima audiencia no es suficiente para que la gente se interese en la política y decida ver elecciones esa noche en lugar de su serie favorita. Por esa razón, cada debate tiene un aspecto y una estructura distintos, que permiten que los ciudadanos mínimamente interesados se enganchen a sus pantallas para ver como gestionan el enfrentamiento los candidatos a la presidencia.

El primer debate está moderado por un periodista de prestigio y los políticos se encuentran en un escenario de un teatro detrás de sus atriles. Es un debate que tiene mucho de las discusiones públicas que ya mantenían Lincoln y Johnson hace casi dos siglos. El periodista pide al público que no haga ostentación de sus reacciones. Que las limiten, para que no influyan a los espectadores que están detrás de una pantalla en sus casas.

La estructura del segundo debate tiene más de contacto con los ciudadanos de a pie y provee más momentos “reality”. Se trata de seleccionar a un centenar de ciudadanos y llevarlos a un plató con forma de hemiciclo. En el centro se sitúan ambos candidatos, que tienen que responder a cuantas preguntas les hagan los ciudadanos. Las distancias son cortas y los temas suelen afectar de manera más directa la vida de los estadounidenses. Ahí los candidatos muestran otra cara que, de otra manera, desconoceríamos. Ahí apreciamos que a Obama le cuesta manejarse en las distancias cortas, por ejemplo.

El tercer y último debate, todos ellos planificados con una semana de diferencia en la recta final de la campaña, es un debate más técnico y, a la vez, más duro y sangrante. Se trata de situar a los candidatos en la misma mesa que un periodista de renombre. A una distancia muy corta unos de otros. Los candidatos pueden ver los parpadeos de su adversario, y el público también. En esta situación los discursos pierden mucho de teórico y se lucha cuerpo a cuerpo. Las ideas se enfrentan de verdad, y el ciudadano lo agradece.

Pues bien, los tres debates presidenciales son un ejemplo magnífico del peso que ha cobrado el entretenimiento en nuestra sociedad. Se trata de asuntos serios. De hecho, la elección del presidente de EE.UU. es un asunto muy serio. Pero se llega al público incorporando técnicas de entretenimiento televisivo para que los ciudadanos sigan los programas, entiendan mejor lo que proponen los políticos y voten con más elementos de conocimiento. Bingo.

Eso es lo que propone la teoría de la sociedad del entretenimiento y eso es lo que explicamos los apóstoles de esta nueva sociedad del entretenimiento. Para múltiples aspectos de nuestra vida profesional, la incorporación de técnicas de entretenimiento mejora la atracción del público, la absorción del conocimiento y la realización posterior del desempeño.
Para no extenderme en estas páginas, puesto que no es el objetivo, sólo mencionaré la piedra angular de esta teoría que defiendo en el ámbito de la formación: el hecho de tratar a los estudiantes como audiencias. Esta visión de la formación permite realizar un giro copernicano al tipo de aprendizaje que se ha producido en las últimas décadas (diría incluso en los últimos siglos si no fuera por el hecho que las audiencias masivas es una realidad muy siglo veinte).

Esta es la piedra filosofal de la nueva teoría, el punto de apoyo que pedía Atlas: tratar a los estudiantes como audiencias. Y a partir de este hecho, cualquier plan formativo cambia de manera drástica. Y vemos que durante años hemos situado a los profesores y expertos en el centro del modelo y no a los estudiantes. Pero ya viene siendo tiempo de situar a los estudiantes en el centro. Puesto que ya hemos aprendido tras una década de estar inmersos en la sociedad de la información que el poder lo tienen los receptores y no los emisores cuando hay inflación de emisores: ahí están las primaveras árabes, el movimiento 15-M, el movimiento de CGU (contenidos generados por usuarios) o los portales de intercambio de apartamentos. Toquemos lo que toquemos, de lo más estratégico a lo más trivial, el modelo ha cambiado. Excepto en la formación.

Y en la formación está cambiando. ¡No queda otra, señores! Tal vez la muestra más evidente es la incorporación de recursos gamificados en los programas formativos. Y la incorporación de técnicas de juegos y de videojuegos para que los profesionales aprendan más, de una manera más rápida y con más satisfacción. Esa es tal vez la espumilla de la ola que viene. La que algunos experimentan y la mayoría aún divisa desde la playa. Pero las corrientes marinas que la traen, no tengan ninguna duda, son las del entretenimiento.

Lluís Pastor

Presidente de APeL